Es curioso como aún existiendo cientos de ensayos sobre los llamados “mitos literarios”, todavía hoy nos seguimos preguntando el por qué de la vigencia de algunos de ellos por encima de otros que, quizás según los cánones tradicionales de la sociedad políticamente correcta, serían mucho más trascendentes. Entre esos personajes que traspasan el tiempo y el espacio, vertidas en páginas literarias y escrituras escénicas, representaciones plásticas o investigación en nuevas tecnologías, emerge siempre la figura de Don Juan. Para algunos, un héroe, para otros un simple canalla. Cómo si ambas mitades no fueran complementarias en muchas personalidades de la HISTORIA REAL a través de los tiempos.
No es fácil, pues, encarar una puesta en escena de una ópera, anterior a la también mítica composición que del tema realizó Mozart, que ha pasado a ser una de las cumbres del repertorio operístico, pero que años antes había tenido ya una partitura propia compuesta por un músico italiano llamado Giuseppe Gazzaniga (1743-1818).
Si comparamos ambos libretos nos daremos cuenta de cómo Da Ponte copia sin pudor la estructura y situaciones del libretista de Gazzaniga, Giovanni Bertati, algo, por otra parte, muy normal en aquella época. Sin embargo, la genialidad de Mozart en el campo específico de la composición musical, ha producido el efecto de opacar ciertas calidades líricas que, profundizando en la audición, contiene la partitura del músico veronés.
Esta puesta en escena de otro Don Juan está atravesada por dos miradas que no pretenden aportar ningún signo de pedantería, sino seguir reflexionando sobre esta obra imperecedera. Esas dos miradas actuales son, por una parte un homenaje al gran pintor Magritte y por otra a un pensador fundamental del siglo pasado, Jacques Lacan, el cual volvió al mito durante varios estudios realizados a lo largo de su vida. De entre todas sus reflexiones me quedo con una que escribe en torno al año 1962 y en la que dice: “Don Juan es un sueño femenino”. Esta frase abre tal cantidad de opciones que, personalmente me quedaría con la idea de si no habrá sido este personaje una especie de fabulación de ciertos sueños más cercanos al deseo que a la realidad.
Tal vez por la corriente dominante de apostar casi siempre por lo más seguro, no ha sido muy normal ver en los repertorios de los grandes coliseos operísticos este primitivo “Don Giovanni”. Por ello es de agradecer al Ayuntamiento de Sevilla y al teatro Lope de Vega, que se atrevan a producir este espectáculo, que, en suma, se convierte en el descubrimiento de un titulo olvidado para muchos espectadores españoles.
Siempre digo, cuando monto escénicamente una ópera, que mi guía primordial es primero servir a la música y luego a las necesidades técnicas de los cantantes. Por ello, y una vez más, me gustaría realizar un trabajo de puesta en escena sencillo y esencial, despojado y poético, en el que lo importante sea la expresividad de los cantantes, guiados por el director musical, en el que el fluir de la música se equilibre con la creación de unas imágenes que sirvan para potenciar la belleza que debe contener todo espectáculo operístico.
Entiendo que la “modernidad” de una puesta en escena operística no tiene que pasar necesariamente por las “ocurrencias rompedoras” de la dirección de escena, si bien me niego de igual forma a todo tipo de arqueologización museística del repertorio tradicional.
Una vez más me entrego a desarrollar un trabajo en equipo, en el que todos y cada uno de los elementos artísticos y técnicos tengan una importancia similar. Desde la escena con mis colaboradores habituales: Ana Rodrigo, Cristina Ward, Juanjo de la Fuente, Alfonso Diez, y esta vez ocupando el papel de co-director de la puesta, Ángel Ojea.
Por último señalar la importancia de la tarea de Pablo González, que como director musical, al frente de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla (ROSS) y el Coro del Teatro de la Maestranza, junto a un magnífico elenco de solistas, será la auténtica columna vertebral del espectáculo y, por tanto, creador de la magia necesaria para conseguir que la poética de la música se haga cuerpo y voz a través de la creación de los cantantes, unidos estos en un torbellino de imágenes escénicas que conviertan la ficción de una partitura en un espacio de placer para todos los sentidos.
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Guillermo Heras, dir. de escena
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